¿Por qué el teatro dejó de ser vanguardia para pasar a representar las angustias y el existencialismo de la clase media occidental? Para mí, el teatro sigue siendo un espacio de diálogo artístico con la capacidad de subvertir el orden establecido. Al igual que otras disciplinas, es un instrumento de acción política y cultural; un vehículo esencial para el cuestionamiento y la transformación social.
La vanguardia teatral de principios del siglo XX cobró relevancia como respuesta a la crisis que marcó a las sociedades occidentales, impactadas por la industrialización, el desarrollo tecnológico, la urbanización y la cultura de masas. Asimismo, respondió al cuestionamiento de los valores tradicionales y la familia, a la desestabilización de instituciones políticas, a la incorporación de la mujer al mercado laboral, así como a las demandas por derechos laborales, civiles y la emergencia de la conciencia ecológica.
Autores como Antón Chéjov y Henrik Ibsen, aunque considerados precursores, sentaron las bases para que sus sucesores ampliaran los límites del teatro y experimentaran con el tiempo, el espacio y la estructura narrativa. Ese teatro se consolidó a través de diferentes corrientes como el expresionismo y el surrealismo, y de figuras como Bertolt Brecht y su teatro político, Antonin Artaud con su concepto del Teatro de la Crueldad, Samuel Beckett y Jerzy Grotowski. El teatro siempre ha desempeñado ese papel de experimentación y crítica social, desafiando los cánones establecidos de la estética burguesa y buscando nuevas formas de expresión y libertad.
Hoy en día, pocos autores, directores y compañías consiguen generar un debate real sobre las transformaciones que atraviesan nuestra sociedad y el mundo. Las plataformas digitales —con sus películas y series—, los pódcast y los canales de YouTube e Instagram han pasado a marcar, de manera anticipada y eficiente, las discusiones sobre los cambios en el comportamiento social. Cuestiones como el feminismo, la identidad de género, la polarización política, el movimiento LGBTQIA+, el paro juvenil y el desmantelamiento del Estado de bienestar apenas se escenifican sobre las tablas y tienen una presencia mínima en las carteleras. Las series, películas y pódcast han asumido el liderazgo en el debate sobre estas realidades.

Por otro lado, un sector importante del teatro levanta la bandera de lo políticamente correcto. Es evidente que en el mundo actual no caben los chistes sobre personas con obesidad, acondroplasia, personas negras u homosexuales; sin embargo, la cultura de la cancelación derivada de esta corrección política ha puesto a las artes, y especialmente al teatro, en la diana de una nueva censura. Aunque parte del colectivo teatral reivindica la diversidad, el feminismo y la identidad de género, existe una ausencia casi absoluta de historias con personajes que representen realmente esa pluralidad de orígenes y orientaciones. Una vez más, las plataformas digitales se han adelantado al presentar esta diversidad y asumir el debate político que el escenario parece haber pospuesto.
Nuestra sociedad está en constante cambio y transformación: en los últimos años hemos vivido una pandemia, el auge de movimientos de ultraderecha, el negacionismo, nuevas guerras y un cambio en el orden mundial. Todo esto, sumado a la ruptura de las tradiciones, significa que atravesamos un momento de desafíos inéditos.
El teatro actual parece comprometido únicamente con la reflexión sobre las ansiedades, carencias y preocupaciones de una sociedad de clase media inmersa en sus propias crisis existenciales. Sin embargo, el teatro debe volver a ser vanguardia; necesita situar a esta sociedad diversa y plural sobre sus escenarios. Debe retomar la reflexión sobre las transformaciones sociales de manera anticipada porque el teatro, en su esencia, siempre ha sido vanguardia.
Por: Kleber Luiz Bosque





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