
Por: Kleber Luis Bosque
“No vive quien tiene miedo de la muerte”.
Esa frase siempre ha atravesado mi vida como una sombra persistente.
La expectativa de la muerte apareció muy pronto, ya en la infancia, con la enfermedad y la pérdida de familiares. Desde entonces, dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una presencia cotidiana.
Para Albert Camus, la existencia de Dios es nula y la fe no es más que una expresión de impotencia. Sin embargo, el escepticismo tampoco nos hace más libres; al contrario, muchas veces nos deja más perdidos, más desamparados.
El carnaval fue, durante años, una forma de exorcizar los miedos: el moralismo, el puritanismo, los momentos difíciles. Era también un espacio donde vivir la sexualidad como una expresión plena de libertad. Allí se destapaban nuestras fantasías más íntimas, porque la sexualidad es, quizá, la mayor manifestación de la libertad individual.
Pero tras el miércoles de ceniza, el mundo fue tomado por el miedo.
Y llegó el confinamiento.
El mundo se convirtió en una distopía de ciencia ficción: calles vacías, aeropuertos como cementerios fantasma, y la vida reducida a pantallas de móviles, tabletas y ordenadores.
El teatro —que siempre fue brújula y oráculo del mundo— cerró sus puertas, como si los dioses hubieran decretado el silencio. Mientras tanto, la humanidad caminaba con sus propios cementerios sobre la cabeza.
Actores, directores, dramaturgos, productores… todos estábamos perdidos, atónitos.
¿Dónde estaba William Shakespeare?
¿Dónde aquellas obras que daban sentido al mundo?
En ese vacío, los libros se convirtieron en refugio:
los textos de Sergio Blanco,
la sensibilidad de Lauren Gunderson,
la intensidad de Wajdi Mouawad,
la lucidez de Juan Mayorga.
Mientras los telediarios contaban muertos, necesitábamos saber que los nuestros seguían vivos. Necesitábamos vínculos. Necesitábamos teatro.
La gran pregunta era:
¿cómo mantener el teatro vivo sin escenario?
Una tía decía que el ser humano no está hecho para vivir solo. Y el confinamiento lo confirmó: éramos islas incapaces de tocarnos, abrazarnos, mirarnos a los ojos.
Aquella idea de la individualidad como valor supremo se reveló como una gran mentira.
El ser humano necesita del otro.
Somos, ante todo, seres afectivos.
La pantalla del ordenador se encendió.
Aparecieron decenas de rostros: creadores escénicos de más de diez países.
Y algo ocurrió.
Las pantallas dejaron de ser distancia y se transformaron en espacio de encuentro:
miradas, afecto, dolor, ideas…
magia.
El teatro volvió a existir.
Las palabras viajaban de Buenos Aires a Ciudad de México.
Las historias nacían entre Bogotá, Lisboa, Montevideo, Caracas o São Paulo.
Los textos se escribían a cuatro o cinco manos, entre Santiago de Chile, Madrid, La Habana, Lima, Quito, Sevilla, Vigo o Barcelona.
En la distancia, descubrimos algo esencial:
ningún ser humano es una isla.
La dramaturgia del confinamiento abordó lo inmediato y lo urgente:
la pandemia, el aislamiento, la soledad, el miedo,
la crisis económica,
la política, los medios,
el cierre de teatros, escuelas y universidades,
las despedidas sin abrazo, sin cuerpo, sin ritual.
El dramaturgo se convirtió entonces en algo más que escritor:
observador, cronista, testigo de su tiempo.
Los textos hablaban de amor en condiciones extremas,
de vínculos imposibles,
de relaciones mediadas por pantallas,
de cumpleaños virtuales,
de la vida a solas, a dos, a tres…
de la fragilidad humana.
Camus decía que, sin lo sobrenatural, toda victoria es provisional.
La única certeza absoluta es la muerte.
Pero en el teatro ocurre algo distinto:
los creadores nacemos y morimos cada día.
Ese es nuestro juego.
Ese es nuestro acto de resistencia.
La dramaturgia del confinamiento surge, así, en un momento de muerte —física y simbólica— del mundo y del teatro.
Pero también como respuesta.
Como necesidad.
Como acto de supervivencia.
Un colectivo de creadores escénicos emerge para llenar el vacío de la ausencia.
Las figuras invisibles del teatro se vuelven visibles en las pantallas.
Las redes sociales, los directos, los podcasts… se convierten en nuevos escenarios.
No se trataba solo de contenido, sino de experiencia humana.
Leer Don Quijote desde una pantalla.
Reflexionar sobre filosofía, ciencia o política.
Escuchar a pensadores como Nuccio Ordine.
Revisitar a Jorge Luis Borges, a Shakespeare, a El rey Lear.
Y entender que el teatro sigue siendo necesario.
Porque el teatro no es un lugar.
Es una forma de estar en el mundo.
Las palabras tomaron vida.
Los párrafos se hicieron cuerpo.
El verbo se convirtió en libro.
Y así nació Dramaturgia del confinamiento:
un proyecto colectivo,
una memoria viva,
una prueba de que, incluso en el encierro,
el teatro respira.





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