El actor Pepe Zapata, en una escena de El enterrador, en el Teatre del Raval. Fotografía: David Ruano.

El espectador agradece la oportunidad de asistir a una función teatral en el inicio de la semana. Un martes cualquiera se transforma así en un tiempo suspendido, un espacio propicio para el encuentro con la memoria, la reflexión y la emoción. Es precisamente lo que ocurre al entrar en la Sala Tadeusz Kantor del Teatro del Raval para asistir a El enterrador, una propuesta que convierte el escenario en un lugar donde la historia se resiste al olvido.

Al levantarse la mirada hacia el escenario, nos encontramos con un hombre de estatura media, de complexión fuerte y presencia imponente. Su cuerpo transmite firmeza, pero también el peso de una existencia marcada por el sufrimiento. Viste un pantalón oscuro y una camiseta de tirantes; a su lado, una pala se convierte en su inseparable compañera de escena. El espacio escénico está ocupado por cajas de madera, una escalera, un par de zapatos y diversos objetos que evocan un almacén de recuerdos enterrados. Todo ello queda envuelto por una copla que, desde los primeros compases, transporta al público hacia un pasado que durante décadas se intentó silenciar, ocultar e incluso borrar de la memoria colectiva.

Poco a poco, la representación sitúa a los espectadores en un cementerio de un pequeño pueblo durante los años cuarenta. Allí asistimos a la rutina de un hombre obligado a ejercer como sepulturero, enterrando uno tras otro a los republicanos fusilados por la dictadura franquista. Los cadáveres llegan apilados, privados de identidad, convertidos en simples cuerpos deshumanizados y tratados como si fueran indigentes. El escenario no necesita grandes artificios para transmitir el horror: basta la palabra, el gesto y la presencia del actor para que el espectador complete con su imaginación aquello que nunca se muestra de manera explícita.

Entre un entierro y otro, un sorbo de agua de un botijo marca un instante de respiro antes de continuar con una tarea interminable. El sepulturero permanece en una constante vigilia, atrapado entre el deber impuesto y la conciencia moral. Comparte con el público momentos de tensión extrema, angustia, miedo y profunda humanidad. Cada pausa, cada silencio y cada movimiento de la pala adquieren una dimensión simbólica que trasciende la acción cotidiana para convertirse en un acto de resistencia frente al olvido.

El actor Pepe Zapata, en una escena de El enterrador, en el Teatre del Raval. Fotografía: David Ruano.

A medida que avanza la narración descubrimos que ese hombre fue condenado años atrás a trabajar como enterrador en el cementerio de su pueblo. Arriesgando su propia vida, comenzó a ocultar en las fosas comunes pequeños objetos personales de los ejecutados —trozos de ropa, botones, peines o mechones de cabello— con la esperanza de que algún día pudieran servir para identificar sus cuerpos. Un gesto aparentemente insignificante que, en realidad, constituye un extraordinario acto de dignificación y de desobediencia silenciosa frente a la maquinaria represiva del franquismo.

Desde el inicio del espectáculo se percibe una dramaturgia de notable calidad literaria, rica en imágenes y con múltiples posibilidades para el juego escénico. El texto exige al intérprete una profunda inmersión emocional en el universo del personaje, pero esa misma exigencia se traslada al espectador, que termina participando activamente en la construcción del relato. La escritura dramática evita caer en el sentimentalismo fácil y encuentra un delicado equilibrio entre la poesía, la crudeza documental y la reflexión ética.

La dirección escénica potencia estas virtudes mediante una puesta en escena austera, donde cada elemento posee una función dramatúrgica precisa. No existen recursos superfluos: todo está al servicio de la palabra y del cuerpo del actor. Esta economía de medios permite que la imaginación del espectador complete los vacíos, demostrando una vez más que el teatro continúa siendo el arte de la sugerencia.

Uno de los grandes aciertos del montaje reside en situar al actor como auténtico dueño del tiempo escénico. Pepe Zapata asume el papel de narrador, testigo y contador de historias, administrando con precisión el ritmo de la representación. Acelera o ralentiza la narración cuando es necesario, dosifica las emociones y mantiene al público en un permanente estado de atención. Su interpretación combina una extraordinaria contención emocional con una enorme intensidad dramática, logrando que cada palabra parezca surgir de una experiencia vivida y no simplemente representada.

El actor Pepe Zapata, en una escena de El enterrador, en el Teatre del Raval. Fotografía: David Ruano.

Sin embargo, la propuesta alcanza una dimensión todavía más compleja cuando rompe deliberadamente la ficción. El espectador descubre que aquello que presencia no es únicamente la historia del sepulturero, sino también el ensayo de un actor que interpreta a Leoncio Badía Navarro, el joven republicano obligado a trabajar como enterrador en el cementerio municipal de Paterna entre 1939 y 1945. Durante esos años, miles de represaliados por el franquismo fueron arrojados a las fosas comunes de ese cementerio, convirtiendo aquel lugar en uno de los mayores símbolos de la represión franquista.

El recurso metateatral no funciona como un simple juego formal, sino como una poderosa herramienta dramatúrgica. La ficción se interrumpe constantemente cuando el actor recibe llamadas telefónicas o conversa con su madre. Estos momentos, aparentemente cotidianos, adquieren una enorme carga emocional, especialmente cuando las conversaciones giran en torno a los recuerdos familiares, a la memoria recuerdos del abuelo o a cuestiones tan triviales como una visita a la madre. Lo íntimo y lo histórico terminan fundiéndose en un mismo plano, recordándonos que la memoria colectiva siempre está atravesada por las memorias individuales.

La incertidumbre de los recuerdos maternos, fragmentarios y vacilantes, dialoga con la rigurosidad documental del personaje histórico. Ese contraste abre una reflexión especialmente sugerente sobre la fragilidad de la memoria y sobre la dificultad de construir una verdad histórica única. ¿Qué recordamos? ¿Qué olvidamos? ¿Quién decide qué merece permanecer en la memoria colectiva? La obra no ofrece respuestas cerradas, sino que invita al espectador a formular sus propias preguntas.

El enterrador conmueve por la honestidad con la que aborda uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de España. Lejos de construir un relato épico, sitúa en el centro a un personaje anónimo cuya grandeza reside precisamente en su humanidad. Leoncio Badía Navarro no fue un héroe en el sentido convencional del término; fue un hombre corriente que, desde el anonimato y poniendo en riesgo su propia vida, realizó pequeños gestos de dignidad que hoy adquieren una inmensa dimensión ética.

En un momento histórico en el que los discursos negacionistas y los intentos de banalizar la memoria democrática vuelven a ganar espacio, El enterrador reivindica el teatro como un lugar de resistencia, reparación y transmisión de la memoria. No pretende juzgar ni adoctrinar, sino recordar que detrás de cada cifra existen nombres, cuerpos, familias y vidas truncadas.

La función concluye, pero el silencio que permanece en la sala confirma que el viaje continúa más allá del aplauso. Porque las mejores obras no terminan cuando la luz se apaga; permanecen habitando la conciencia del espectador. El enterrador es una de ellas: un ejercicio de memoria escénica que demuestra que el teatro sigue siendo capaz de rescatar del olvido aquello que la historia oficial intentó enterrar para siempre.

Dramaturgia y dirección: Gerard Vázquez

Intérprete: Pepe Zapata

Nana*: Alba Carmona

Producción ejecutiva y artística: Montse Enguita
Productor: Pepe Zapata
Asesoría de espacio escénico e iluminación: Ignasi Camprodon
Técnicos de compañía: Pol Zapata y Cristian Pérez

Video: Dani Valdivia (Volarás Volarás)
Fotografía: David Ruano
Edición de fotografía: Yulia Evseeva
Diseño gráfico: Satur Herraiz

Dosier pedagógico: Jordi Barra

*Nana compuesta por Gerard Vázquez e interpretada por Alba Carmona (voz) 
Jesús Guerrero (guitarra y arreglos de guitarra); Juan Casanovas (mezclas y masterización)   

Agradecimientos: Alba Carmona, Irene Pardo, Joan Doménech, La Brutal, Josep Zapater, Rafató Teatre, Cal Jaume del Bitxot, Elena Torrent, Mimos de Jabón y Carme Marin

Distribución: Carme Tierz (ctierz@mediterraneagira.com)

Es una producción de Teatro de dos y Mediterránea


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