Woman at protest holding “HERMANO, NO TE OLVIDO”; signs read “JUSTICIA PARA POLINICES” and “NO AL OLVIDO.”
Antígona siglo XXI por IA.


Por: Kleber Luiz Bosque

Siempre me ha impactado el dolor plasmado en las imágenes de madres debruzadas sobre los cuerpos de sus hijos, maridos y hermanos asesinados por guerras estúpidas. El primer plano de la cara de una madre trastornada por la pérdida extrema me provoca escalofríos. La verdad es que las guerras siempre son estúpidas.

Tal vez las primeras imágenes que guardo de una madre devastada fueron de mi infancia, cuando una prima perdió a sus dos hijos segados por la tortura y las ametralladoras de la dictadura militar en los años 70. De alguna manera, mi vida se cruzó con esas escenas desgarradoras de madres reclamando los cuerpos de sus hijos asesinados, buscando darles un entierro digno y llorar sus muertos. En las décadas siguientes, esas imágenes se replicaron en las luchas de agrupaciones y colectivos de madres que denunciaban la violencia de los estados y exigían justicia.

Recuerdo el año 1993, todavía en la universidad, cuando vi en un telediario el asesinato de un grupo de adolescentes en Río de Janeiro, a manos de la policía frente a una iglesia y símbolo de la ciudad: ocho chicos muertos a disparos. Aquella masacre generó un movimiento donde madres, familiares y ciudadanía se reunían cada año en la escena del crimen para evitar el olvido.

Tenemos ejemplos emblemáticos: las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, caminando en ronda alrededor de la pirámide central de 1977 para reclamar a sus hijos desaparecidos, enfrentando la prohibición de manifestaciones públicas; y las Madres “Rastreadoras” de México, que desde 2007 recorren el país buscando fosas clandestinas y convirtiendo su duelo privado en lucha pública frente a la impunidad.

«Antígona: Tú, Ismena, mi querida hermana, que conmigo compartes las desventuras que Edipo nos legó, ¿preparan nuestros enemigos contra nuestros seres queridos?»

Mi primer contacto con el texto de Antígona fue en la universidad, en encuentros de grupos de teatro. Discutíamos, reflexionábamos y organizábamos lecturas escenificadas de la obra. Pronto comprendí que los diálogos de Sófocles, escritos en el 441 a.C., narraban también la historia de las madres que veían a sus hijos, maridos y familiares arrancados de sus vidas por la violencia. Antígona se reveló como una obra atemporal, capaz de atravesar geografías y momentos distintos de nuestra sociedad. Sófocles se convierte, en cierto modo, en uno de los primeros cronistas de la humanidad y sus tragedias.

Antígona no solo representa a las Madres de Plaza de Mayo o a las Madres “Rastreadoras” de México, sino también a las madres palestinas que llevan a sus hijos muertos en brazos o buscan desesperadamente los cuerpos entre los escombros y bombardeos de Gaza. Son mujeres que desafían poderes políticos, económicos y patriarcales, estampando su dolor y tragedia en telediarios, pantallas de ordenadores, teléfonos y pódcast. Son víctimas y denunciantes a la vez, recordándonos la deshumanización de la política, del periodismo y de la propia humanidad.

En Antígona, Antígona encarna un deber de carácter íntimo, casi sagrado: el respeto a las leyes no escritas, aquellas que provienen de los dioses y de los vínculos de sangre. Para ella, dar sepultura a su hermano no es solo un acto de amor, sino una obligación moral absoluta, superior a cualquier mandato humano. En este sentido, su acción se sitúa en el terreno de lo ético-religioso, donde la conciencia individual prevalece sobre la ley del Estado.

Por el contrario, Creonte representa el deber civil, basado en la obediencia a las normas establecidas por la polis. Su prohibición de enterrar a Polinices responde a una lógica política: mantener el orden, castigar la traición y afirmar la autoridad del Estado. Para Creonte, la estabilidad colectiva depende del cumplimiento estricto de la ley, incluso si esta entra en conflicto con los afectos personales o las tradiciones religiosas.

Este choque no es solo político, sino profundamente trágico: ambos personajes actúan convencidos de su justicia, pero desde sistemas de valores incompatibles. La tragedia surge precisamente de esa imposibilidad de conciliación entre dos formas legítimas —aunque irreconciliables— de entender el deber.

A su vez, la obra establece un contraste significativo entre Antígona e Ismene frente al mismo conflicto. Antígona adopta una postura activa, desafiante y decidida: asume las consecuencias de su acto y se mantiene fiel a sus principios hasta el final. Ismene, en cambio, representa la prudencia y la sumisión; teme el castigo y opta inicialmente por obedecer la ley de Creonte. Su actitud revela una conciencia del peligro y de los límites impuestos a las mujeres en la sociedad tebana.

Sin embargo, Ismene no es simplemente cobarde: su evolución muestra una tensión interna. Cuando Antígona es condenada, intenta compartir su culpa, lo que sugiere una lealtad afectiva que entra en conflicto con su miedo inicial. Así, mientras Antígona encarna la resistencia radical, Ismene refleja la ambigüedad humana ante el poder: entre la obediencia y el deseo de justicia.

En conjunto, la obra no ofrece una solución clara, sino que expone la complejidad del deber cuando se enfrenta a valores en conflicto, convirtiendo esta oposición en el núcleo de su fuerza trágica.

«No, que así, sin amigos que me ayuden, desgraciada, viva voy a las tumbas de los muertos: ¿por haber transgredido una ley divina?, ¿y cuál? ¿De qué puede servirme, pobre, mirar a los dioses? ¿Acuál puedo llamar que me auxilie? El caso es que mi piedad me ha ganado el título de impía…»

Las Antigonas palestinas siguen desafiando los poderes políticos, económicos y el patriarcado de los señores de la guerra del siglo XXI. Son mujeres que cargan sobre sus cuerpos y sus voces el peso del dolor y la injusticia, reclamando lo que les ha sido arrebatado: la vida de sus hijos, maridos y familiares.

Las nuevas Antigonas no solo caminan por plazas ni se congregan en silencio. Hoy, estampan su dolor y tragedia en los telediarios, en las pantallas de los ordenadores, teléfonos móviles y en los podcasts. Son mujeres que siguen siendo víctimas, pero también denunciantes del horror de la guerra, del olvido y de la indiferencia.

Las Antigonas de la Franja de Gaza nos obligan a mirar la deshumanización que atraviesa la política, los medios de comunicación y nuestra propia humanidad. Nos recuerdan que la lucha por la memoria y la justicia no es un acto del pasado, sino un combate vivo y necesario. Que el dolor de una madre que busca un cuerpo, un nombre, una verdad, es un acto de resistencia. Que la mirada que no olvida es un arma contra la impunidad.

En un mundo donde la violencia parece natural, las Antigonas contemporáneas nos enseñan que la dignidad y la memoria son más fuertes que cualquier decreto, que cualquier ejército, que cualquier silencio impuesto. Que su grito atraviesa fronteras y épocas, y que Antígona, la obra milenaria de Sófocles, sigue siendo hoy un espejo donde se refleja la humanidad que no se resigna a la injusticia.


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