Por: Kleber Luiz Bosque
Hamlet el príncipe de la Dinamarca desembarca en el verano de Barcelona con cara, lenguaje, discurso y preocupaciones del siglo XXI. Cuestionando la estructura social en especial el patriarcado.

La compañya Parking Shakespeare nos brinda ese verano el montaje de una de las obra maestra de Wiliam Shakespeare, y que bajo la traducción, dramaturgia y dirección teatral de Roger Torn desafía con una versión radical y libre de Hamlet que se titula “Hamlet i les coses podridas” conectado el aislamiento, la indecisión y la crisis existencial del clásico con la ansiedad contemporánea sin perder la esencia de la obra de Shakespeare.
El clásico, que utiliza muchos de los elementos característicos de la tragedia isabelina de venganza, cuestiona al mismo tiempo los supuestos sobre los que este género se sostiene. En este tipo de tragedias resulta fundamental el intervalo que separa el crimen de la represalia, un tiempo de espera en el que el héroe debe asumir su deber vengador. Sin embargo, en Hamlet ese intervalo se expande y adquiere una dimensión filosófica y existencial.
Hamlet dilata el tiempo de la venganza al descubrir el asesinato de su padre. Antes de actuar, se detiene a reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la fragilidad de la condición humana y sobre las implicaciones éticas y morales del acto vengativo. Su conflicto no radica únicamente en cómo ejecutar la venganza, sino en si esta es realmente legítima. A ello se suma la incertidumbre que provoca la aparición del espectro de su padre: el príncipe no tarda en dudar de la naturaleza de esa revelación y se pregunta si se trata de un espíritu veraz o de una fuerza demoníaca que pretende conducirlo al crimen.
Es precisamente esa duda, esa imposibilidad de actuar de manera inmediata y la constante confrontación entre pensamiento y acción lo que convierte a Hamlet en un personaje profundamente moderno. Escrita entre 1600 y 1601, la tragedia de Shakespeare ha sido considerada por numerosos estudiosos de la literatura y del teatro como una de las más altas expresiones de la modernidad literaria. En el príncipe danés se condensan las contradicciones del ser humano contemporáneo: la conciencia crítica, la incertidumbre, la crisis de las certezas y la dificultad de encontrar un sentido moral en un mundo atravesado por la corrupción y el poder.
El joven Hamlet presentado en la versión de Roger Torn es un personaje común al nuestro cotidiano porque podemos cruzar con él en una comida de amigos, en uno ascensor del trabajo, en el metro, aeropuerto, instituto, en las calles de cualquier grande ciudad del mundo, también en Instagram. Es más un joven de la generación Z que no consigue encuentra su lugar en el mundo, por la estructura compleja de una sociedad y política que los ha colocado en un lugar de extrema vulnerabilidad, en el caso del Príncipe de Dinamarca provocado por las estructuras de poder y del patriarcado.
La propuesta consigue abordar de manera critica las estructuras de poder y el patriarcado trayendo para el publico un texto ademas de fresco, el humor como herramienta que suaviza la tensión trágica, rompe con la solemnidad del personaje, incluso crea una parodia de las convenciones teatrales. La transformación en tragicomedia conecta de manera espontanea con los presentes, especialmente con un publico más joven y niños que acompañaban el desarrollo del montaje con los atentos y con un encantamiento con las peripecias de los actores con las entradas y salidas de escenas, cambios de vestuarios y como las compañía solucionó unas de las partes enigmáticas de una obra y que ocurre en los laberintos de un teatro, una trastienda a cielo abierto manteniendo la magia del espectáculo.
El personaje de Horacio confidente y mejor amigo de Hamlet que en el clásico es un hombre que sirve de ancla de racionalidad y testigo imparcial. Él ratifica los acontecimientos sobrenaturales antes los espectadores y sobrevive para preservar la memoria del prícipe, en “Hamlet i coses podridas” el personaje tiene la función de narrador que de alguna manera conduce al espectador por la historia trayendo ligereza al montaje, un canal que guía la imaginación para reflexiones y emociones profunda sin necesitar de atrezzos, también funciona como un puente entre los jugadores que están en escena con los están como publico. otra característica del personaje es la función de director dela obra como uno de los puntos claves para el humor, marcando los actores y dando las directrices en cada escena.
La Ofelia de esta versión de 2026 gana una humanidad inusitada. Al igual que Hamlet, deja de ser un personaje lejano, atrapado en la solemnidad del clásico, para convertirse en alguien reconocible, una figura que podría habitar nuestro presente y formar parte de nuestro cotidiano. Aunque permanece prisionera de una estructura de poder patriarcal que condiciona su existencia y limita sus posibilidades de acción, esta Ofelia posee una conciencia aguda de la realidad que la rodea. Comprende la lógica de la amalgama que funciona como pequeña élite hegemónica y jerarquizada que opera en función de suspropios intereses y que ha construido un ecosistema podrido, corrupto, cruel, carente de ética y profundamente asfixiante.
Su tragedia ya no se percibe únicamente como la consecuencia de un desengaño amoroso o de la fragilidad emocional con la que tradicionalmente se ha representado al personaje. En esta lectura, el desenlace de Ofelia puede interpretarse como el último gesto de resistencia, una forma de preservar su integridad frente a un mundo incapaz de ofrecerle un lugar habitable. La muerte se convierte así en una dolorosa afirmación de su lucidez, en el acto final de un personaje que comprende demasiado bien los mecanismos de opresión que la rodean.
La apuesta de la compañía por integrar actores jóvenes en esta producción crea un contrapunto especialmente interesante con los intérpretes más veteranos de la compañía. Se genera una valiosa sinergia generacional que dota al espectáculo de una energía particular y de un atractivo escénico poco frecuente. Esta convivencia entre experiencia y juventud aporta encanto, solidez técnica, dinamismo y un ritmo constante que atraviesa toda la representación.
Los actores que interpretan a Hamlet, Ofelia y Laertes contribuyen de manera eficaz a esta renovación. Sus trabajos destacan por el frescor, la energía y la naturalidad con la que se apropian de personajes profundamente arraigados en el imaginario teatral occidental. Lejos de reproducir una interpretación museística de Shakespeare, consiguen acercar estos personajes al espectador contemporáneo, otorgándoles una vitalidad que hace que sus conflictos, dudas y contradicciones resuenen con una sorprendente actualidad.
Teniendo en cuenta que los actores de la compañía llevan diecisiete ediciones desarrollando su actividad en el Parc de l’Estació del Nord y que han incorporado a su repertorio dieciocho obras de Shakespeare, resulta evidente que estamos ante un proyecto de una extraordinaria madurez artística y una amplia experiencia teatral.
Esta prolongada trayectoria no solo habla de permanencia o de resistencia cultural, sino también de un profundo conocimiento del universo shakespeariano y de los mecanismos de la representación al aire libre. A lo largo de los años, la compañía ha construido un lenguaje propio, capaz de dialogar con los clásicos desde la contemporaneidad, encontrando nuevas resonancias en textos que, pese al paso de los siglos, continúan interpelando al espectador actual.
El trabajo sostenido durante diecisiete ediciones ha permitido consolidar una metodología de creación basada en la confianza, la complicidad escénica y un notable dominio del ritmo y la palabra. La experiencia acumulada se percibe en la precisión de las interpretaciones, en la capacidad de los actores para adaptarse a un espacio abierto y cambiante como el parque, y en la manera en que consiguen establecer un vínculo directo e íntimo con el público.
Asimismo, haber transitado por dieciocho títulos de Shakespeare supone un recorrido excepcional por las distintas dimensiones de su dramaturgia: la tragedia, la comedia, el drama histórico y el romance tardío. Ese extenso repertorio ha dotado a la compañía de una sólida comprensión de las complejidades humanas que habitan la obra del dramaturgo inglés y de una versatilidad interpretativa poco habitual.
Más que una simple acumulación de montajes, esta experiencia constituye un auténtico laboratorio de investigación escénica. Cada nueva producción dialoga con las anteriores, se alimenta de la memoria colectiva de la compañía y profundiza en una manera de entender el teatro como un espacio de encuentro, de reflexión y de celebración comunitaria. La permanencia de Parking Shakespeare en el Parc de l’Estació del Nord demuestra que la relación entre los clásicos y el espacio público puede seguir siendo un acontecimiento vivo, capaz de renovar, año tras año, el vínculo entre los actores y los espectadores.
Los actores, que se desdoblan interpretando diferentes personajes, ponen de manifiesto la versatilidad de los intérpretes de Parking Shakespeare. La compañía demuestra un notable dominio del tempo de la comedia, sosteniendo el ritmo con aparente simplicidad y compartiendo las escenas de humor con un público completamente entregado. A ello se suman la propuestas de los espectros que si multiplican por el espacio del parque y del vestuarios parauna representación al aire libre, realizada además en plena ola de calor, la compañía vuelve a demostrar su capacidad para transformar las limitaciones del entorno en oportunidades creativas.
La ausencia de elementos técnicos como, iluminación y sonido que componen el espacio teatral tradicional, refuerza la traducción y adaptación de la obra, el trabajo de dirección, la marcación de las escenas, técnica de movimientos, la técnica de la interpretación, los actores interpretando diferentes personajes como la multiplicación de los espectros y la resolución de espacio de trastienda, como poder tecnológico del teatro. La dirección también si destaca pela simplicidad del montaje, además de impecable por no apostar en una propuesta escénica pretenciosa y por esa razón “Hamlet i coses podridas” es un espectáculo sofisticado.
La propuesta de Parking Shakespeare de llevar los clásicos al Parc de l’Estació del Nord es especialmente acertada porque el teatro al aire libre recupera una de las dimensiones esenciales del hecho escénico: su carácter popular y comunitario. Antes de convertirse en un acontecimiento encerrado entre las paredes de una sala, el teatro fue un espacio de encuentro ciudadano, una celebración colectiva donde intérpretes y espectadores compartían un mismo territorio simbólico.
La representación en un parque rompe, además, con determinadas convenciones y formalidades asociadas al teatro institucional. El espectador abandona la posición pasiva de quien observa desde la oscuridad de una butaca y pasa a formar parte de un acontecimiento vivo, imprevisible y compartido. En este contexto, el papel de los actores como jugadores se hace explícito: su relación con el espacio, con los accidentes del entorno y con las reacciones del público genera una experiencia escénica de gran proximidad y complicidad.
Esta cercanía permite un diálogo directo entre intérpretes y espectadores, convirtiendo también al público en participante del juego teatral. El ruido de la ciudad, el viento, la luz natural o la presencia de los árboles dejan de ser elementos externos para integrarse en la propia dramaturgia del espectáculo. El teatro recupera así su condición de acontecimiento efímero y colectivo, en el que cada función es irrepetible.
Por otra parte, la propuesta de Parking Shakespeare demuestra la extraordinaria vigencia de los textos clásicos. Al ser representadas en un espacio abierto y accesible, las obras adquieren una nueva dimensión de universalidad y llegan de manera poderosa a espectadores de distintas edades y procedencias, muchos de los cuales quizá nunca entrarían en un teatro convencional. Los clásicos dejan de percibirse como piezas museísticas o reservadas a un público especializado y vuelven a convertirse en relatos vivos, capaces de interpelar el presente y de dialogar con las inquietudes contemporáneas.
En ese sentido, la experiencia de Parking Shakespeare no solo democratiza el acceso a la cultura, sino que también reivindica el teatro como un acto de encuentro y de comunidad. Llevar Shakespeare al parque es, en el fondo, devolverlo a su naturaleza más genuina: la de un teatro popular, abierto y profundamente humano.




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